Milanesa
La primera imagen siempre es la de mi viejo y yo dentro del auto, callados, esperando. No suena la radio, siquiera. Los dos preferimos mirar la avenida vacía.
Aunque, en realidad, todo comienza unas cinco horas atrás. Yo estoy haciendo la tarea o simplemente leyendo algo en la mesa del comedor. Sé que tengo entre 15 y 16 años porque cuando veo a papá y Marisa salir de casa, veo también que ella lleva a Caro, mi hermana, en brazos. Salen para hacer algo y volver enseguida. Pero al rato suena el teléfono del living.
―Hola, hijo.
―Hola, pá.
―Vamos a tardar un poco más. Marisa dejó el horno encendido con las milanesas. Apagalo, por favor.
―Okéi, pá. Che, papi...
―¿Sí?
Le pregunto algo que no recuerdo. Algo cortito. Cuelgo y vuelvo a lo que sea que estuviera haciendo en la mesa del comedor, la que está justo frente al horno. Pasan dos horas, fácil. Quizás tres.
Cuando escucho el auto y luego el portón, por la ventana que da al patio, además de las luces barriendo el tinglado, veo que se hizo de noche. Luego escucho el azote de las puertas del auto, y los pasos de papá y de Marisa por la veredita. Al llegar a la casa, en orden suenan la puerta mosquitero y la puerta de chapa.
Marisa entra primero, con Caro en brazos. Detrás, entra papá. Es él quien dice:
―¿Y ese olor a quemado?
Apenas cierra la pregunta, la voz de mi padre tiene el asombroso poder de destapar mis sentidos y hacerme notar, en sus variables de forma, olor y vergüenza, la nube de humo que decora el comedor.
La última imagen es igual a la primera: mi viejo y yo dentro del auto, callados, esperando. La pizza sale en quince.