Rubia
―El sábado tenemos pádel en lo de Soto ―me informa Efra sin opción a negarme.
―¿Ajá?
Y continúa con los detalles: que se encontró con una excompañera de la 21 (escuela donde hizo la primaria) que vive cerca de su casa y que es rubia, y que está buenísima, y que arregló para que vayamos a jugar al pádel el sábado, y que ella va con su amiga, una morocha que también está linda, pero ojo que tiene novio.
―Okéy, comprendido. Ciento por ciento.
Llega el sábado y también la hora señalada. Oigo la bocina del «Blúen Tósquet» (así le decimos al Renault 12 de Efra, porque es ―casi― azul, y en homenaje al «Golden Rocket» de la serie que pasan en la tele). Salgo con mi paleta al hombro. Es un hermoso día, hay sol y no hay viento. Ideal para jugar al pádel y hacerle pata a mi amigo.
En el auto, además de Efra al volante, está la rubia estratégicamente acomodada en el asiento del acompañante ―¡este Efra!― y su amiga morocha en el asiento de atrás. Me ubico en el espacio reservado para mí en esta ocasión y saludo a todos. Allí vuelvo a oír el nombre de las chicas: Patricia (la rubia) y Marita (la morocha).
Salimos de mi calle y tomamos la avenida que es de tierra y se hace más de tierra todavía a medida que avanzamos hacia el cementerio. Pero claro, no llegamos al cementerio, sino que paramos un poco antes, en las canchas de Soto.
Cuando bajamos del auto veo mejor a las chicas. Sí que son lindas. Están maquilladas. Me parece un poco extravagante maquillarse para venir a jugar al pádel, pero bué. Marita parece un poquito más grande que nosotros, igual ya sé que no estoy más que para acompañar ya que tiene guardabosque. Pero la rubia… la rubia es un tema aparte.
Apenas la veo, me doy cuenta de que esa rubia, Patricia, fue diseñada para otra vida, no para la nuestra. Quiero decir, para la vida junto a otras personas. A ver si me explico. Efra se quedó corto. No está buenísima. Está mucho más que eso. Pero, además, se lleva el mundo por delante. Lo tiene a sus pies. ¿Cómo es que nunca oí hablar de ella ni la vi por las calles de este pueblo tan pequeño? Pero entiendo la razón: este sábado es un error del azar. Lo más lógico es que el lugar de la rubia quede en otra parte, un mundo para nosotros desconocido e inalcanzable. Yo sé que después de hoy no la vamos a volver a ver. Tengo esa certeza y me da pena que Efra no se dé cuenta.
Nos metemos en una de las canchas y empezamos a jugar, bueno, a pelotear. Obvio que Efra juega con Patricia y yo con Marita. Patricia no para de reírse, sobre todo cuando me devuelve la pelota en forma de globo y yo tengo que correr a buscarla. Una y otra vez. Y otra vez. Así toda la tarde.
Cuando termina la hora, pedimos otra. Y cuando vuelve a terminar, tomamos una gaseosa en el bar de las canchas. Y cuando ya toca irnos, nos subimos al Blúen y soy el primero al que Efra despacha en su casa. Está claro que luego dejará a Marita e intentará estirar lo que más pueda aquel error milagroso junto a la rubia.
Al entrar a casa, al fin tengo la oportunidad de sentirme aturdido a solas. Y aliviado. ¿Que fue todo eso? Me dejo caer en el sillón del living a modelar mis pensamientos. No era tan linda, estaba muy maquillada. Y no era tan simpática, se reía demasiado. Y no me miraba a mí, lo hacía para poner celoso a Efra. Por suerte no la voy a ver más. Y suena el teléfono.
―Esta noche vamos a Kario’s con Patricia y Marita ―me informa Efra sin opción a negarme.
Oh, no.
«Kario’s» es un lugar nuevo que acaban de abrir en un lugar viejo. La esquina más centrica de Catriel: Roca y San Martín. Siempre hubo algo ahí, bueno, ahora hay una lomitería. Queda más o menos a diez cuadras de casa y aunque papá se ofrece a llevarme yo prefiero ir caminando. La noche está espectacular y yo necesito utilizar hasta el último segundo que haya disponible para hacer lo que mejor sé hacer: hablar solo.
Si para algo soy hábil es para dominar mi propia mente. Por ejemplo, puedo hacerme creer las historias más increíbles, incluso actuarlas y sentirlas en todo el cuerpo. Y en las pocas horas que tuve entre que Efra me dejó en casa después del pádel y hasta que llegué caminando a Kario’s, baño y acicalamiento mediante, logré el objetivo de convencerme de que esa chica, ¿cómo se llamaba?, ah, sí, Patricia, no era tan linda ni tan simpática, bueno, un poco simpática sí, buena onda, pero nada del otro mundo. Nada que ver con Mariana, ni con María Marta, los amores más grandes de mi vida, de quienes estoy y estaré para siempre enamorado, fin del asunto.
Kario’s está bastante lleno, pero Efra y las chicas ya han elegido una mesa al lado de la puerta. Antes de entrar, chequeo que acepten Carta Franca, que es la tarjeta de crédito que me da mi viejo. Efra también la tiene. En la puerta está la calcomanía, así que ok.
―Hola, de nuevo ―saludo al trío estratégicamente distribuido. Me han vuelto a reservar el lugar al lado de Marita, lo cual es otro error, porque otra vez tendré a Patricia de frente todo el tiempo.
De entrada, nomás, antes de que me siente siquiera, ella me saluda haciéndome un chiste, cargándome con el pelo o algo así. Tengo ganas de salir corriendo, pero ¿cómo hago? No tendría que haber aceptado venir. No funcionó hacerme creer nada de nada porque esta chica es la más hermosa del universo por una diferencia de años luz con cualquier otro ser habido o por haber, y yo ya sé cómo termina esta historia: igual (o peor) que las anteriores.
La cita termina con un momento tenso que con Efra convertimos en broma: cuando vamos a pagar, el mozo nos dice que no aceptan la tarjeta de crédito que Efra y yo tenemos ―Carta Franca―, y nuestra defensa es señalar la calco que está en la puerta.
―¡Ah! ―dice el mozo―, la calcomanía está del negocio que había antes.
En el fondo, Efra y yo no nos ponemos nerviosos porque tenemos algo de plata en efectivo, pero decidimos estirar el momento para poner nerviosas a las chicas. Y eso es, efectivamente, lo que sucede. A la rubia no le hace nada de gracia y al fin lanza una frase que intuyo quedará para la historia:
―¡Chicos, paguen!
Estoy con Efra en el baño de la escuela. Estamos uno al lado del otro, cada cual en su mingitorio.
―Che, Efra... Em…
No voy a poder. Me duele la panza. Tengo un nudo nosedónde que no me deja respirar. Me doy cuenta de que Efra se da cuenta, pero no me hace más fáciles las cosas. Vamos de nuevo.
―Em… Me... gusta Patricia. ¿Vos…?
Esto está mal. Todo está mal desde el principio. Lo correcto sería salirme. No verla más. Efra y yo somos amigos, y eso es lo primero.
―¿… tenés problema si yo... sigo adelante? Si vos me decís que te jode, yo me salgo, ¡te juro!
Mi amigo estira el silencio aprovechándose de lo que está haciendo. Va al lavatorio y se moja las manos.
―Sí, ya me di cuenta. Estuve toda la noche intentando convencerme de que esto no estaba pasando. Me tiré en el sillón del living, puse el CD de los Cádillacs y lo hice dar vueltas hasta que salió el sol. No aceptaba creer que lo que había visto era cierto, que se estaba dando eso tan temido entre dos amigos. La llamé a Marita, para preguntarle. No te voy a decir qué me dijo.
Con Efra no nos miramos a los ojos. Digo, no ahora, sino nunca. Bueno, quizás él sí me mira, pero a mí me cuesta un montón. Como me cuesta abrazarlo, también. Bueno, eso sí nos cuesta a los dos. En fin, que en este momento él tampoco puede mirarme a los ojos. Qué situación de porquería.
―Mirá, no me voy a poner contento si Patricia te dice que sí, pero adelante nomás ―concluye, se sacude las manos y sale del baño.
Cinco minutos después termina el recreo y ya cada uno vuelve a su lugar en el aula. Es decir, uno al lado del otro, porque nos sentamos juntos.
A la salida de la escuela, empiezo a contar los minutos para el encuentro con Patri ―odia que le digan «Pato»― y cuando al fin llega la tarde, la paso a buscar por su casa y salimos a caminar. Y caminamos, y caminamos. Ya cuando cae la noche y el doblesentido está bien maduro, hemos llegado a la plaza San Martín, ya casi de regreso en su casa.
Patricia va de un lado al otro de la vereda y salta todo el tiempo de cantero en cantero, y baila entre los árboles. En un momento la tengo pegada a mi brazo y de pronto aparece balanceándose allá, en una rama. Sin mediar palabra, me toma de los hombros y me tumba contra el suelo. Se sienta sobre mí, con su cara casi pegada a la mía a excepción de un hilo de aire perfumado de Johnson’s para bebés. Me mira a los ojos. Y calla. Al fin:
―¿Y? ¿Para cuándo?
Vuelve a saltar y se aleja riendo otra vez.
Al llegar a su casa, traspasa la puertita de reja y va a perderse bajo la luz cansina del umbral cuando mi cuerpo decide arrojarme fuera de la niñez de una vez y para siempre:
―¿Querés ser mi novia?
Patri se detiene en seco, todavía dándome la espalda. Pasa un año. Se gira, retrocede y vuelve hacia mí. Me mira hacia el fondo de los ojos, incluso más de cerca que cuando me tiró al pasto y se me subió encima minutos atrás.
―¿Cuáles son mis posibles respuestas? ―me dice, casi sin sonreír, como si lo preguntara en serio.
Antes de que yo alcance siquiera a pensar en mascullar otro juego de palabras, ella se estira para besarme con unos labios oportunamente húmedos.
―No sabés besar ―dice al separarse, y se mete en su casa junto con su risa.
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