Fichines
Con Martín nos acercamos a la caja para pagar las hamburguesas que acabamos de comer con Tati y Vero, y pedir unas fichas para jugar al pool.
―Tomen las fichas, después me pagan todo junto ―nos propone el tipo de la caja.
Jugamos dos o tres partidas, intercambiando parejas. En la mesa de al lado hay unos pibes que fuman, entre ellos uno que no debe tener más de diez años y que tiene que pararse en puntas de pie para llegar al paño y darle a la bola.
―¿Vamos a Sacoa? ―propone uno de nosotros para darle continuidad a la noche.
―Vamos ―aceptamos los demás.
Tomamos nuestras camperas del perchero de la entrada y abandonamos el bar a paso tranquilo repartidos en parejas: Tati con Martín, y Vero conmigo.
Sacoa queda bastante cerca, sobre Avenida Colón, así que caminamos por Sarmiento hasta General Paz y de ahí media cuadra a la izquierda. La noche se va haciendo densa.
Una vez en Sacoa, Tati y Martín sí juegan a algo. Vero y yo nomás vuelteamos entre las pantallas con luces y las máquinas de colores.
―Che ―se aparece de pronto Martín―, ustedes pagaron las hamburguesas y las fichas del bar, ¿no?
―¡No! ―le respondo sin dudar―, ¡ustedes pagaron!
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