El huevo
Corte a:
Es una especie de mañana de color gris o celeste. También podría ser una tardecita o un momento apenas pasado el mediodía, lo cierto es que es de color gris o celeste.
Él, a quien solo para llamar en este tramo del relato daremos el nombre de «Kaspar», juega en el jardín delantero con sus tres perras negras. Después de jugar con sus perras, Kaspar entra a la casa dispuesto a darse un baño.
Corte a:
Kaspar ya está desnudo en la ducha. Como Kaspar es muy ateo y se jacta de ello, mientras se pasa el jabón bajo las axilas, se mira en el espejo de medio cuerpo y se desafía:―A que mi reflejo no es capaz sin mí.
Pero, de pronto, el reflejo es capaz sin él.
La boca del Kaspar del espejo se ensancha y se vuelve absurdamente siniestra. Kaspar no quiere aceptarlo, pero su reflejo lo está desafiando: le está dando miedo.
Kaspar se recompone, se concentra. Se pone serio. Su reflejo hace lo propio y también se recompone. Una vez sincronizados sujeto y reflejo nuevamente, Kaspar vuelve a lanzar su desafío:
―A que mi reflejo no es capaz sin mí.
Pero su reflejo vuelve a ser capaz sin él.
Una sonrisa todavía más siniestra, que llega hasta el entrecejo, se dibuja en el rostro del Kaspar del espejo, que ya no es Kaspar, sino un tipo flaco con su mismo cuerpo desnudo, pero con una cabeza de payaso endemoniado.
A Kaspar no le queda más remedio que reconocer que está asustado. Se pregunta cómo es posible, si esas cosas no pasan.
Mira un poco a su alrededor y afuera la tarde sigue pareciendo normal. Sus perras juegan en el jardín delantero. Una de ellas se lame las patas. Pero cuando Kaspar vuelve al espejo, su reflejo sigue mirándolo a los ojos con la misma sonrisa espantosa.
A Kaspar le queda un último recurso. Hace fuerza con algo de su cuerpo que no podría determinar, pero esa fuerza le trae el resultado que espera: lo despierta.
Corte a:
Kaspar está en su cama y en su habitación. Es de noche y la habitación, como es habitual, está en penumbras. Kaspar reconoce absolutamente todo, incluida la luz que entra por la ventana alargada de su estudio. Entiende de inmediato la razón de aquel color improbable que tenía la mañana, el mediodía o la tardecita: era el típico color de sus sueños. Sin embargo, todavía le persiste algo del miedo de la pesadilla.Busca la mano de su compañera, que duerme dándole la espalda. Su compañera percibe el contacto y le retribuye enredándole sus dedos.
Por si acaso, Kaspar no se atreve a dejar abiertos los ojos, mucho menos a elevarse para mirar hacia la puerta. A cambio, prefiere poner toda su intención en volver a dormirse.
Corte a:
Kaspar está en la mesa del tomógrafo. La mesa avanza muy lentamente. Hace bastante barullo. Delante, a Kaspar le espera una delgada línea de luz que, según sabe, al llegar a su cabeza leerá de cabo a rabo su cerebro.Kaspar sabe que tiene que mantener sus ojos cerrados, pero siente la llegada de la luz ―será por el ruido―, y no puede evitar abrirlos. Al hacerlo, el ruido se vuelve de sierra eléctrica, exactamente como la que se utiliza para cortar carne.
Efectivamente, al llegar a su cabeza, la luz comienza a rebanarle el cráneo produciendo un ruido espantoso.
La máquina se detiene.
―Por favor, cierre los ojos ―oye que le dicen.
Corte a:
Antes de regresar a su consultorio con los resultados del estudio, el médico pasa por la cocina del sanatorio. Allí le deja a la cocinera unas indicaciones muy precisas acerca de cómo preparar el huevo. A continuación, el médico pasa por el quirófano y retira una sierrita para cortar huesos. Al fin, vuelve a su consultorio.Corte a:
El médico está sentado detrás de su escritorio. Delante de su escritorio está sentado Kaspar. El médico mira fijamente a Kaspar. Kaspar no sabe qué esperar. Por el momento, ambos aceptan el silencio que le propone el otro.Se oyen unos golpes a la puerta.
―Adelante ―autoriza el médico.
Una secretaria entra con un huevo que entrega al médico.
―Está un poco caliente, doctor.
―Gracias ―dice el médico.
La secretaria se retira.
El médico alza el huevo ante los ojos de Kaspar. De su escritorio, levanta la sierrita corta hueso. Apoya el huevo, lo sostiene con dos dedos de su mano izquierda, y con su mano derecha comienza a trazar un muy delicado corte de arriba abajo.
Una mitad del huevo cae, la otra mitad del huevo perdura de pie entre los dedos del médico, exhibiendo su interior a los ojos de Kaspar.
―¿Ve? ―pregunta el doctor.
―Sí ―responde Kaspar.
―¿Qué ve?
―Un huevo duro ―dice primero―. Un huevo cocido ―aclara, por las dudas.
―Bien. ¿Qué distingue, de adentro hacia afuera?
―Yema, clara y cáscara.
―Bien ―vuelve a decir el doctor―. Ahora usted está en la clara. Anoche usted estaba en la yema. Usted se la pasa yendo y viniendo entre clara y yema.
Corte a:
Kaspar le cuenta el sueño a su compañera. Ella sí es creyente, y muy creyente. Pero, por sobre todas las cosas, es temerosa. Y muy temerosa. Ella jamás hubiese desafiado a Dios o a la suerte a que le presentara algo inexplicable ―y aterrador― como él se atrevió a hacerlo con su reflejo. Ni siquiera soñando. Ni siquiera sin saber que estaba soñando.
―¿El nivel del sueño es la yema? ―pregunta ella.
―Así parece ―responde él.
―Entonces todos estamos entre la clara y la yema, dado que todos soñamos.
―El médico habló solo de mí.
La compañera de Kaspar se queda pensando.
―Anotá, mañana le vas a preguntar estas cosas al doctor.
Corte a:
El médico está sentado detrás de su escritorio. Está tan idéntico a como estaba la vez anterior, que Kaspar comienza a sospechar.
―Tengo algunas preguntas ―anticipa Kaspar.El médico apenas asiente basculando el mentón.
Kaspar saca de su bolsillo el papel plegado en el que tiene las preguntas manuscritas. Pero al desplegarlo y no poder leer su propia letra, confirma sus sospechas.
―Estoy soñando ―dice en voz alta mirando al doctor, quien vuelve a asentir apenas basculando su mentón―. Estoy en la yema.
Inmediatamente, el médico deja de asentir.
―No. Sigue usted en la clara. Ahora hágame sus preguntas.
El médico tiene razón: si bien no puede leerlas, Kaspar recuerda la conversación con su compañera y así también las preguntas. Empieza por la última.
― ¿Qué hay después de la cáscara?