Círculos
El colectivo dejó atrás la estación y cuando perdí de vista a mi familia al otro lado de la ventanilla, recliné el asiento, crucé los brazos sobre la panza y así permanecí hasta que el auxiliar de a bordo se acercó para ofrecerme una almohadita de cortesía de esas con funda azul. Acto seguido, el tipo se detuvo frente al televisor y puso a correr una película para finalmente apagar las luces del corredor. Iba a ser un viaje largo. De más de diez horas. Así es cuando uno deja la Patagonia.
Por primera vez en la historia, me había tocado una butaca desde la cual mirar aceptablemente las películas que suelen poner, y para celebrarlo decidí darle una oportunidad.
«Mmm… las colillas dejan bastante que desear», pensé. «Esto no pinta bien».
Y así fue. Al cabo de unos minutos, se develó el interesantísimo título del film: «Las aventuras del mono Bananas». No faltó nada más para decidirme a girar media vuelta la cabeza y perderme en las garras de Morfeo.
Cuando estaba en lo mejor —no sé cuánto habré dormido—, sentí una mano en el hombro: el auxiliar de a bordo.
«¿Ya llegamos?», pensé en un primer momento, aunque rápidamente recordé que un azafato que se digne de tal no necesita razones para despertarte.
—¿Almohada?
Me sentía demasiado abombado como para responderle con suficiente furia, así que sólo tomé la almohada y volví a acomodarme, esta vez con el firme propósito de evitar que cayera al suelo nuevamente. Me dormí.
—¿Almohada?
—¿Eh?
Sí, otra vez el amabilísimo guardián de las almohadas azules, con su sonrisita victoriosa. No fuera caso que alguno de los pasajeros no pudiera dormir cómodo.
Fui a reclinarme una vez más, cuando vi que el sujeto volvía a detenerse frente al televisor para poner una nueva película. La anterior había terminado sin que yo me percatara, lo que significaba que había logrado dormir al menos un par de horas.
«Las colillas son muy parecidas», pensé al espiar lo que acababan de dar play. Apenas un par de minutos después, la razón se develó: «Las aventuras del mono Bananas».
—Me jodés.
—¿Cómo?
—Esa película… es la de recién.
—¿La de qué?
—Que es la misma película de hace un rato...
El tipo me miró raro y tuve la sensación de que sólo quiso terminar la conversación.
—Es buena, eh.
Volví a verlo perderse en el pasillo agarrándose del portaequipajes, y yo volví a dar media vuelta y cerrar los ojos.
Me encontraba rodando por las colinas de un valle de colores estridentes, con perfume a hierba fresca —si es que se puede soñar con olores—, un día de sol intenso —lo cual de por sí es extraño, porque mis sueños suelen situarse en una especie de madrugada gris y atemporal—, cuando...
—Capo...
—¿Mñm?
—Tu cena.
Después de devorar aquellas milanesas de nylon con grisines del medioevo y reintegrar la bandejita al auxiliar, ya con el ómnibus totalmente a oscuras, me acomodé por tercera o cuarta vez para dormir y hacer más corto aquel viaje, plenamente consciente de que en cualquier momento iban a prender las luces —todas las luces— con cualquier excusa.
—¡Santa Cachita, los que bajan! —gritó el chofer a boca de jarro después de convertir la noche en día.
Habrá estado entretenida la recepción de los que bajaban en «Santa Cachita» —o como quiera que se llamara aquel lugar—, porque a juzgar por el tiempo que duró la parada, pareciera que la tripulación se quedó en pleno a presenciarla.
Algo así de treinta minutos más tarde, el coche reinició su marcha y volvieron a apagarse las luces. Y yo volví a torcerme hacia mi derecha, para ocupar también la butaca de al lado que hasta allí había permanecido vacía.
—Tu almohada.
Ah no, este tipo me agarró de punto.
Sin embargo, por mejor actor que fuese, volvió a decirlo con una impasividad extremadamente poco probable. Algo extraño sucedía. Algo no andaba del todo bien. Y terminé de convencerme de eso cuando por tercera vez pusieron «Las aventuras del mono Bananas».
Ya no pude dormir y me quedé cuidando cada instante frente a mis ojos, bodrio de película incluido.
—Ventanal del Prado, paramos diez minutos.
¿Qué? ¡¿Recién Ventanal del Prado?! ¿A qué velocidad se desplaza esta porquería? ¿La vienen empujando?
—Permiso.
Oa. Raro. Esto nunca pasa. Casi siempre es una monja o nada. ¿Una chica en la butaca de al lado? Mejor dicho, ¿una chica linda en la butaca de al lado? Me pongo de pie, salgo hacia el pasillo, ella pasa, y yo vuelvo a mi lugar.
Nunca sé cómo iniciar una conversación con alguien que, digamos, me pone así de nervioso.
—Esto es Ventanal del Prado, ¿no? —qué nabo.
—Sép.
—Cómo ha crecido, ¿no?
—Ajá.
La chica era linda, pero no era solo por eso que yo no podía dejar de espiarla de reojo. Se sentó muy derecha, con la vista al frente, sin saber qué hacer con las manos. No dijo nada. No miró por la ventana, siquiera. No se durmió. Cuando apagaron las luces, pude aprovechar la oscuridad para mirarla con más disimulo. Pero no pude evitar decirle algo.
—¿Estás bien?
—¡Sh! —me cortó en seco, sin mirarme—. La próxima.
Me acurruqué hacia el pasillo. Sabía que las luces iban a volver a encenderse en cualquier momento. Entonces el chofer volvió a gritar.
—¡Ventanal del Prado, paramos diez minutos!
Subir