Cumpleaños
Jugamos a la pelota con Néstor, el hijo de la señora que me cuida, en la calle de su casa. Su arco es su portón y el mío es el paredón de enfrente, al lado de una puerta verde de donde nunca sale nadie.
Cuando Néstor ataja mi último pelotazo, se queda mirando. Me doy vuelta. Hay una señora. Y detrás de la señora está la puerta verde… abierta. La señora se nos acerca.
―Chicos, les tengo que pedir un favor. Hoy es el cumpleaños de mi hijo y sus primos no pudieron venir. ¿No vienen a soplar las velitas y comer torta?
―Chicos, les tengo que pedir un favor. Hoy es el cumpleaños de mi hijo y sus primos no pudieron venir. ¿No vienen a soplar las velitas y comer torta?
Con mi amigo nos miramos. Es raro, ¿cómo no va a venir nadie a un cumpleaños? Pero Néstor ya dijo que sí con la cabeza. Yo también le creo. Esa señora tiene cara de mamá.
Cruzamos la puerta verde y caminamos hasta un comedor donde hay una abuela y un nene más chico que nosotros, muy serio y con un bonete de cartón. Delante de él hay una torta. Empezamos a cantar, pero en la parte del nombre tenemos que disimular porque no sabemos cómo se llama. Comemos torta y tomamos Mirinda en silencio. Abren un regalo, pero el nene sigue serio.
―Gracias ―nos dice la mamá cuando nos vamos, y se mete en su casa.
Con Néstor nos quedamos mirando la puerta verde otra vez cerrada. Después, volvemos a hacer los arcos para seguir jugando.